
Apalta
tiene los hombros cada vez más anchos. Una nueva visita al mítico
subvalle colchaguino significa toparse con una nueva bodega. Tras
cruzar el Tinguiririca la danza de millones comienza a desfilar frente
nosotros. Primero Lapostolle, luego Las Niñas, Montes y Ventisquero.
Donde cada hilera vale cien rolex y las bodegas se pelean por un
centímetro para plantar. Una curva más. Y en el último rincón enclavado
en la localidad de San José de Apalta nos topamos con las centenarias
parras de
Neyen, el proyecto del empresario
Raúl Rojas Baltra, un tipo muy bajo perfil que pocas veces asoma sus narices para mostrarnos sus vinos. Para eso tiene a su yerno,
Jaime Roselló, la cabeza visible y gerente general de este proyecto que hoy hace noticia por tener en operación su
bodega propia. Enclavada en un lugar donde se entiende porque hay gente que sufre amor a primera vista con el vino.
Si alguna vez vieron en la tele la mítica Quintrala o He-man y su
Castillo de GreySkull, podrán hacerse una idea de los años que tiene
esta bodega. Una construcción decimonónica que está de pie de puro
milagro y que gracias al entusiasmo de la familia Rojas pudo entrar a
pabellón a hacerse un lifting que la dejó como una señora madura bien
mantenida. ¿Su edad? Un verdadero secreto de estado. Es como si nos
hubiera tragado la historia junto a
parras de 115 años en medio de un cajón verde lleno de bosque nativo y esclerófilo.

Neyen
es literalmente una bodega hecha de barro. Color café con leche por
todas partes. En realidad son dos, una vieja y otra más moderna. La más
antigua hecha completamente de adobe a la que le pusieron tabiques para
aguantar su estructura. Y tiene la gracia de tener un moderno sistema
llamado free cooling, capaz de absorber el frío de la noche para
ocuparlo durante el dìa. La nueva, una rectangular estructura mezcla de
hormigón armado y paja Si la miran desde afuera verán que ni se nota,
pero por dentro es una capaz de hacer un gran vino. Su famoso
Neyen. Un blend compuesto por un 70% de Carmenère y un 30% Cabernet Sauvignon.
Roselló se ríe cuando le preguntamos cuánto se gastaron. Sólo se
limita a decirnos que fue un 25% de lo que desembolsó su vecina
Lapostolle pero con la misma capacidad. Unos 170.000 litros. Si los
Marnier se gastaron 9 millones de dólares es cosa de contar con los
dedos.
2,5 millones. Que alguien me corrija.
Pero lo que nos importa es que Neyen tiene
parras de 115 años.
Pie francos de Torontel y Cabernet Sauvignon plantados en 1890. Como
cuando empezó la Guerra del Pacífico. Gruesos y serpenteantes, como si
se tratara de una enorme anaconda. Sobre ellos la familia puso hace 15
años injertos de Merlot que terminaron siendo Carmenère después del
redescubrimiento de la variedad el 94. Tienen 125 hectáreas en total.
70 Cabernet Sauvignon, 17 de Merlot, 16 de Syrah y 22 de Carmenère.
"Cuando compramos había Torontel y mi suegro plantó unos cuarteles
de Merlot y resultó que eran Carmenère y de eso sacamos material para
injertar. Hay varios Carmenère plantados sobre portainjerto con esa
edad", recuerda Roselló.

Durante tres años la bodega vinificó en
Los Maquis (camino a Pichilemu), donde la familia de
Ricardo Rivadeneira
les hizo un hueco para la primera cosecha el año 2003. Se quedaron para
la segunda y la tercera. Pero decidieron que era la hora de crecer con
alas propias y levantar su casa propia bodega, a la que sólo le falta
construir un par de pasarelas sobre las dos corridas de cubas de acero
inoxidable de 5, 7, 8, 9, 10 y 12 mil litros que recibe la uva en forma
gravitacional.
De la cintura para abajo
los suelos de Neyen han mostrado
diferentes caras. Abajo están los más antiguos. Sobre pie de monte. Con
al menos dos metros de materia orgánica y más abajo muy arenosos y muy
permeables. Allí están las parras de 115 años. En cambio en los cerros
hay piedras anguladas, no bolones ni tosca, lo que le da un carácter
mineral al terroir, según Roselló. "Hay mucho maicillo sin tosca ni
limitaciones a las raíces que les impida crecer", señala.
La primera mezcla fue casualidad. La
idea original era un blend 70-30 de Cabernet Sauvignon con Carmenère.
Pero el Cabernet no salió como esperaban así que la fórmula para la
primera cosecha 2003 se invirtió. 70 Carmenère, 30 Cabernet Sauvignon .
Como Patrick Valette recién venía conociendo el Carmenère repitieron la fórmula para la
cosecha de 2004
también 70-30. Pero la de 2005 fue mitad y mitad. 50-50. Y es probable
que para este 2006 se repita la mezcla que todavía no se hace.

¿Cómo les gusta el vino? Según el asesor de la bodega el enólogo,
Patrick Valette
"preferimos tener vinos sin material vegetal como escobajos y no usar
cubas de madera. El factor limpieza es determinante. Mi trabajo con
Michel Rolland me sirvió para aprender que un mal uso de la madera
puede ser fatal para el resultado. La gente está aburrida de tener que
probar vinos aburridos con madera y que tapan los defectos en el vino".
Y es que para Patrick el mejor vino
no tiene la tipicidad del Carmenère.
El Carmenère de Neyen no huele a pimentón verde. Lo manejan distinto.
Lo que intentan es hacer el mejor vino con lo que tienen. Especialmente
ahora que cumplieron el sueño de la casa propia.